Una vez acabado el verano, la rutina vuelve a caer sobre nuestras vidas y lo único que nos resta por hacer es pensar en los buenos momentos y grabarlos en nuestra memoria, donde se almacenarán y permanecerán por un tiempo, mas prolongado en unas personas, y se esfumaran rápidamente en otras. Las secciones de los múltiples medios se llenarán de articulos sobre como vencer el vacío que provoca la rutina cerniendose sobre nosotros. No hay que alarmarse, es la nostalgia.
Dirigida por Andrew Stanton*, la nueva película de Pixar/Disney, es una comedia ambientada en el siglo XXIX que critica, por hipertrofia, las tendencias más obscenas del consumismo actual.
Como es de uso desde los orígenes del género, la ciencia ficción y otros futurismos afines, más que acercarnos al porvenir, suelen configurarse como criticas del imaginario y los automatismos de su tiempo.
Así como el personaje que da nombre al filme procesa los restos abandonados tras el festín planetario, la dupla Stanton - Reardon recicla el arte y la cultura de los últimos ciento cincuenta años a través de intertextualidades varias.
Nota: Los comentarios que siguen, parten del supuesto de que el lector ha visto la película. Por ello, se manejan con libertad referencias al argumento y sus escenificaciones.
Veo en los periódicos y en las noticias de televisión que Jeff Katzenberg presenta su nueva producción de dibujos animados, Kung Fu Panda, en Cannes. Ha traído también al Festival algunas de las estrellas que prestan sus voces a los personajes de esa película, como Angelina Jolie y Jack Black (no sé si esta vez invitó también a algunos de los actores de doblaje de los países europeos, como hizo en ocasiones anteriores). Katzenberg es el productor con más oficio de los que he conocido.
Una de las veces que estuvimos en Cannes fue con Spirit (El corcel indomable) en el 2002. En esta ocasión Katzenberg llevó a Bryan Adams y a Hans Zimmer (creadores de las canciones y música del film). Mientras se proyectaba la película, Bryan Adams cantaba el tema central en vivo, y Zimmer dirigía la orquesta desde el foso de la sala. Promoción y glamour simultáneos, el cóctel favorito de Katzenberg.