Yo aprovecho cualquier oportunidad para hablar del cine de Javier Aguirre. Pero es que ya hace más de cuarenta años, este maestro del cine experimental (y lo suyo sí que es experimental, porque en algunos cortos y largos ni siquiera narra) ya “demostró” que la objetividad no existe. Plantó una cámara en medio de la Puerta del Sol y dejó que rodara durante casi 20 minutos, el espacio completo que dura un rollo de cine. En cuanto colocas la cámara dejas de ser objetivo.
Pero Jaime Rosales y Javier Fésser afirman que ellos han sido objetivos, es más, el segundo dice que no ha hecho una película, ha hecho una “radiografía”.
Si tras la calma viene la tempestad (tranquilos, hoy no hablaré de la versión que hizo Greenaway de “La tempestad” que denominó “Prospero’s Books”), tras el silencio de un servidor lo que viene es una interesante lista de estrenos y un no menos interesante segundo capítulo de la trayectoria (resumidísima) de Javier Aguirre. Todo ello, por cierto, en un día -el de los estrenos, el 13- en que se celebra el santo tanto del que esto escribe como (si se trata del mismo Antonio) de otro tocayo que anda por este blog y cuya calle veo en Madrid a diario. Todo ello, en un día -13 de junio, San Antonio- en el que se celebra el cumpleaños del citado Javier Aguirre, un cineasta que se atrevió a proyectar cine experimental en la misma verbena de San Antonio.
Lector de blog: Joé, esta semana el “Pela” nos ha “endiñao” un título que va de intelectual seudoguay, paso de leer su “post”. Pela: A ver si cuidamos más el lenguaje y leemos con esmero, esta semana tenemos a los grandes reyes del cine de autor. L.B.: Jo, tío, me duermes, paso, paso, prefiero ver a los de Sensación de “pipí” y el “finde” me vuelvo a ver a Indy. Pela (solo y reflexivo): ¿y si alguna vez entráramos en el cine y, por casualidad o equivocación, nos pusieran otra película completamente distinta a la que íbamos a ver?
Desde un punto de vista tradicional, se podría organizar la pregunta por Inland Empire desde dos puntos de vista. Desde el punto de vista del todo, ¿cuánta fragmentación resiste un relato? Desde el punto de vista del fragmento, ¿hasta dónde puede expandirse el detalle, hasta dónde alcanza su poder resonante? Inland Empire, parece trabajar entre medio de ambas interrogantes, desde que se aleja de los niveles de representación habituales propios de la literatura y su hijo, el cine. Si tuviera que definir estéticamente esta película de Lynch, me sentiría inclinado a hacerlo mediante la fórmula insatisfactoria (ya que intenta captar su singularidad con conceptos viejos) de gestualismo expresionista.