Las horas del verano: instantes congelados

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Hoy voy a hablar de una película aparentemente pequeña y sin embargo enorme: Las horas del verano, de Olivier Assayas.

Una casa con historia, objetos cargados de tiempo, una familia que se desintegra, tres generaciones puestas en relación (y contradicción): todo aparentemente pequeño. Pero Assayas consigue, a partir de estos mínimos narrativos, llevar al espectador muy lejos.

¿Cómo se incrusta el tiempo en los objetos y los lugares? ¿Cómo el dinero es capaz de desincrustar ese tiempo y borrar o nivelar el pasado? ¿Cómo ha cambiado la sociedad –francesa, sí, pero vale para toda otra sociedad- en el lapso de tres generaciones? ¿Cómo se enfrentó y se enfrenta cada una de estas tres generaciones a su pasado y a su historia, al tiempo y por tanto a la vida?

Grandes preguntas dentro de una historia pequeña… que esboza inmensas respuestas.

La historia que cuenta “Las horas del verano” es aparentemente banal: una familia que se reúne los veranos en torno a una casa cargada de historia, antigua residencia y ahora cuasi-mausoleo de un célebre pintor, en ella vive (y muere) la madre (y antigua amante además de familiar del pintor) de tres hijos que tendrán que hacerse cargo del pasado: mantenerlo intacto, borrarlo para siempre o trascenderlo. Y una tercera generación, la de los hijos-nietos, que están ya fuera de ese tiempo, aunque no puedan ignorarlo.

Sí, una reflexión sobre el tiempo, los objetos y el arte, sobre el destino de todo ese pasado y, por ende, sobre la sociedad actual. A partir de aquí, Assayas responde de varias y brillantes formas a las preguntas que él mismo plantea:

En primer lugar, la inexorable conversión de los lugares en espacios: los lugares estaban vinculados a un tiempo y a una historia, los espacios, en cambio, son lugares sin historia, vaciados de tiempo. La casa familiar pasa de ser un lugar cargado de memoria a un simple espacio vacío, en la misma medida que el destino de todos los objetos y obras de arte que pueblan la residencia familiar: los museos y las casas de subastas, también espacios vacíos, llenos artificialmente de tiempo, de historia, pero de un tiempo muerto y de una historia detenida. Los objetos son despojados de su relación con su lugar y su tiempo concretos (los jarrones art déco que dieron vida a las flores de una casa) para ser ahora simple tiempo congelado (“jarrón art déco perteneciente a la familia…”), meros decorados de la historia.

En segundo lugar, el tiempo y la historia franceses a través de tres generaciones: la primera, la de la madre y el pintor, volcada al pasado, a mantener intacta la memoria y una suerte de linaje; la segunda, la de los hijos, vive en un presente que se mueve entre la impotente pretensión de mantener la memoria y su contrario, el desanclaje más absoluto con el pasado y la identidad, representados en la película en sus dos formatos posibles: mediante la hija, diseñadora, anclada en Nueva York y ejemplo claro de la ausencia contemporánea de fronteras (ya no hay lugares, sólo espacios que recorrer), y a través de uno de los hijos, ejecutivo medio destinado en China (los lugares se cambian por dinero, el dinero te cambia de lugar y cambia la fisonomía del lugar).

Y la tercera generación, la de los adolescentes de hoy, instalados más que en el presente en una suerte de instante permanente o eterno, que intenta en vano detener el tiempo y lanzarse al disfrute del ahora, pero que es con todo capaz de mirar con nostalgia al pasado y con miedo al futuro.

Lo que nos pasa.

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Jorge Lago

Una respuesta para “Las horas del verano: instantes congelados”

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    Tola dijo:

    Ya te echabamos de menos Jorge, buen post tio, tiene buena pinta la pelicula, sobre todo el tema es algo e mq llama la atencio porq supongo q todos estamos sometidos al paso del tiempo y miramos hacia atrás. Me alegro q hayas vuelto a tu lugar…
    UN saludo!

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