La muerte del samurai en ‘Love and honor’ (Bushi no ichibun)

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Se acabaron las grandes batallas, los enormes espacios abiertos y los paisajes preciosistas. Se acabó, también, la glorificación del honor y el respeto feudal. Ya no es tiempo de esos heroicos samuráis, hacedores de guerras y garantes del orden, sino de otros, más cercanos, familiares, sufrientes, obligados a tomar pequeñas pero vitales decisiones en contra de un destino absurdo (quizá como todo destino).

Trailer subtiulado al español de Love and honor

Es este el mayor logro de Yamada y de la bellísima película que ahora se estrena: no sólo desmitifica ese mundo de samurais y muestra su otra cara, la de la vida cotidiana, también dibuja con precisión “la humilde, pero preciosa felicidad de un marido y su mujer [que] se alimenta día a día, de las palabras de atención que se dedican, de cocinar juntos patatas con arroz, de la limpieza de su modesto hogar y del canto de sus pinzones. Por simple que esta felicidad sea, es algo tangible. Pero cuando lo que no debe entregarse se arrebata, y la esposa ofrece su cuerpo para ayudar a su esposo, él por su parte arriesga la vida, jugándose por ella el poco honor que le queda…” (entrevista a Yoji Yamada).

Lo tangible de la felicidad, lo cercano de unas vidas simples pero al fin y al cabo vidas, el retrato de lo que hay de universal en lo aparentemente más banal. Un retrato rodado desde cerca, con planos medios y cortos que no permiten a la mirada (y por tanto a la sensación) escaparse de la casa de los personajes, de las trastiendas y patios de magníficos palacios, de lo que en unos y otros espacios se siente. Una cámara y una mirada siempre atentas al detalle de los objetos y de los personajes. De la historia que se entreteje entre ellos.

Love and honorAdemás de una narración ágil, que consigue mantener el ritmo y la atención a pesar de lo aparentemente plano de la acción. Y es que en la película se está narrando el derrumbe de una época –la feudal japonesa- mientras el espectador vive el derrumbe de la suya –esta crisis de la modernidad de la que tanto se habla y tan poco se narra-, y la analogía funciona, inconscientemente pero funciona: el protagonista del film es un guerrero samurai de rango inferior que pasa sus días realizando un trabajo rutinario y burocrático que recuerda al de cualquier asalariado moderno, y sueña con otra vida, salir de la rutina y crearse su propio destino, hacer y no dejarse hacer, como cualquier asalariado moderno. Todo se trastoca cuando a causa de su trabajo se queda ciego y por tanto incapacitado para seguir proyectando, soñando o imaginando otra vida, como cualquier…

Esto que le arrebatan, que no es sólo la forma de vida sino la vida y los sueños de otra vida, desencadena, en efecto dominó, la caída: le arrebatan a su mujer, a su honor y a todo cuanto poseía. A partir de ese momento sólo quedan dos opciones: buscarse una forma de subsistencia al amparo de los demás, o decidir, actuar. Opta por lo segundo, y lo hace bajo el recuerdo de las palabras de su maestro:

“Lleva a la muerte junto a ti. No dejes que el miedo a la muerte se apodere de ti, acógelo en tu alma. Sólo así conseguirás la victoria.”

Vayan a ver la película.

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Jorge Lago

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