Decía la semana pasada que Los Falsificadores propone un conflicto (ético, político, existencial) que no resuelve, impidiendo al espectador salir de la sala confiado y seguro de haber encontrado un lugar desde el que juzgar, valorar y por tanto distinguir lo bueno de lo malo, lo justo de lo injusto, lo correcto de lo incorrecto…
…no, Los Falsificadores no da solución alguna (¿he de actuar en nombre de ideales o de mi presente, salvar a la humanidad o salvarme, compadecerme o endurecerme, a quién soy leal, dónde esta la justicia…?) y eso, decía también la semana pasada, es lo que distingue, a juicio de Umberto Eco, la alta cultura de la cultura de masas.
Quizá el esquema de Eco sea excesivamente fácil (además de problemático si se aplica a su propia narrativa), pero es clarificador para abordar la película que hoy toca: Iron Man… o la quintaesencia de la cultura de masas. ¿Por qué?
Porque las dos fuentes arquetípicas de conflicto: la que deriva de la injusticia (delincuencia, caos social, crisis económica, desigualdad, corrupción, guerras…) y la que se sigue de las crisis identitarias (quién soy, cómo he de actuar, dónde está el bien…), encuentran, en el film, la solución perfecta. Y eso, a juicio de Eco, es lo que caracteriza a la cultura de masas: conflictos con solución y solución a los conflictos.
El superhéroe resuelve los conflictos porque estos se pueden resolver, porque la narración los ha vuelto no sólo visibles, sino lo suficientemente simples como para que sólo necesiten de un héroe con valor y destino para solucionarlos (en Superman es un Lex Luthor cualquiera el que representa el mal y por ello la fuente de la injusticia, el desorden y la delincuencia de la -metro- polis moderna; en Batman un conjunto de pseudomafiosos impiden el armónico funcionamiento de la polis Gotham y son responsables del paro, el hambre, la desigualdad económica y la violencia-, en Spiderman el complejo industrial militar se vuelve contra sí mismo por la codicia y la ambición de uno solo y es, de nuevo, explicación del mal social)…
…como si las desigualdades sociales, la delincuencia, la violencia, el hambre y el caos tuviesen causas evidentes, como si fuesen el resultado de la acción de unos pocos hombres con rostro, nombre y apellido, como si la cara oscura de la modernidad fuese el simple resultado de la maldad reversible y combatible de un único responsable.
El cine de superhéroes soluciona el conflicto porque lo ha convertido en un no conflicto, en una simple desviación que cualquier teoría de la conspiración desvela y explica, en una nadería que requiere, eso sí, de un hombre excepcional (el resto de los hombres somos simples peones algo idiotas por incapaces) para revertir el curso de la historia. Y por eso gusta, nos gusta, me gusta.
Pero Iron Man va más lejos que ninguna entrega precedente, y por eso me gusta y a la vez me disgusta: la guerra, la lucha de civilizaciones, el terrorismo islamista… todo tiene causas simples y evitables: la codicia de la industria armamentística, del consejo de administración de Stark Industries, ni más, ni menos. Sí, cierto, hay terroristas malvados, pero estos son una mala copia de occidente (usan las armas occidentales -como esos aviones americanos que se estrellaron en el corazón de América-, pero no saben producirlas; quieren destruir el mundo, pero sin más motivación que la codicia: meros imitadores del malvado occidental). Basta, pues, con dejar de producir armas, o producirlas con buen corazón y sin codicia, para solucionar el conflicto… internacional. Ni más, ni menos. El espectador sale gratificado: el mal tiene solución porque tiene explicación.
¡Espectadores del mundo, uníos!
Pero Iron Man va todavía más lejos, mucho más lejos: resuelve, también, el conflicto interno, la crisis de identidad tradicional del superhéroe, aquello que ni Superman, ni Batman, ni siquiera Spiderman consiguieron resolver. Su doble identidad, su crisis interior.
Ya no hay conflicto entre salvar al mundo o salvar mi mundo, ya no hace falta ocultar quién soy, ya no estoy dividido, desgarrado o escindido entre mi destino (salvar al mundo) y mi carácter (Clark Kent en busca de Loise Lane; la crisis de Peter Parker y su incapacidad para amar, esa intimidad que no consigue salir adelante porque el destino se lo impide, esas crisis adolescentes que no hacen sino reflejar la imposible armonía entre mi yo y el rol público que tengo que acometer…).
Iron Man no se oculta, como muy bien explica Gabriel Galli en estas mismas páginas, porque no soporta que su alter ego, su yo público, esté separado de su intimidad. Necesita decirle al mundo quién es, que es él. Se acabó la intimidad porque se acabó la separación entre lo público y lo privado.
El Gran Hermano está aquí, amigos. Uníos ante él.
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