La película de los hermanos Wachowski es un mega esfuerzo de producción y más precisamente, de posproducción. El trabajo de arte crea espacios de colores seductores, intensos e imposibles. La técnica de animación diseña el mundo por caminos detallistas empleando infinidad de horas hombre/máquina (sombras, texturas y un sin fin de layers con brillos, humo, etc.), mientras la green screen concilia actores y locaciones reales que fueron des-realizadas digitalmente.
Los visuales impactan, pero uno se pregunta insistentemente ¿para qué? mientras una mezcla de distracción y confusión va tomando al espectador que a poco de iniciado el filme, comienza a notar que las butacas no son tan cómodas como parecían minutos atrás.
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El comienzo de Casual day me dejó atontado. Una conversación entre dos amigas, típica sobre los problemas sentimentales de una de ellas. Eso es lo impresionante de ésta película, todo parece normal, pero a medida que avanza el metraje te vas dando cuenta que estás ante algo diferente, algo cabrón, ácido; como una ostia en la cara. Como la realidad misma, quizá por eso es tan acertada, tan concreta, porque no se corta, no deja títere con cabeza y trata temas tan cercanos como es el mundo laboral sus lados oscuros, que nos da miedo verlo. Es dura porque trata un tema del día a día y en éste país, por lo menos hasta hace relativamente poco e incluso sigue sucediendo a diario, tendemos a hacer como los niños pequeños cuando les aterra algo: taparse con la sábana, intentar no mirar al monstruo a la cara. Ese es el acierto de esta película, tratar un tema tan real y tan rechazado con esa valentía y crudeza.
Decía la semana pasada que Los Falsificadores propone un conflicto (ético, político, existencial) que no resuelve, impidiendo al espectador salir de la sala confiado y seguro de haber encontrado un lugar desde el que juzgar, valorar y por tanto distinguir lo bueno de lo malo, lo justo de lo injusto, lo correcto de lo incorrecto…
Es curioso como cuando te afanas en encontrar, por ciertos antojos del destino pasas a interpretar el papel de Encontrado. Cierto que, aparte de semenjanzas con algún personaje de novela de José Saramago, ser Encontrado es algo reconfortante. Te quitas un peso de encima, pues buscar es mucho más arduo que ser encontrado. Por otro lado, saber con anterioridad que ese encuentro se va a producir sin tu búsqueda es más cómodo, pero como eso no lo sabes a ciencia cierta, pues continuas en tu afán investigador con sus consecuentes quebraderos de cabeza.
El paisito (título de la nueva película de Ana Diez, exhibida hace pocos días en el Festival de Málaga, refiriéndose a Uruguay) tira. Y por supuesto no voy a ocultar mis raíces. Es decir, nací en esa tierra (por cierto, Uruguay es una palabra guaraní, el idioma de nuestros indígenas originales y que nunca llegamos a hablar, que significa La tierra de los pájaros pintados), y por lo tanto, todo lo que ocurre allí me llega.