August Rush: la música en el origen

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August Rush es una película simple, pequeña y femenina. Tales elogios pueden resultar desmesurados para quienes prefieran detenerse en los clisés del filme. Estos últimos, podrían entenderse como atajos en procura de la complicidad instantánea (no siempre lograda) con el espectador.

Trailer original de August Rush

 

Por un lado, falta desarrollo argumental y diseño psicológico de personajes. Por otro, hay un exceso de magia y sentimentalismo (a veces incomprensible y absurdo) que debilitan el relato. Como resultado, el espectador se vuelve excesivamente consciente de la sucesión de “situaciones” de que está hecha la película.

Las debilidades y fortalezas del filme se reconcilian si aceptamos estar ante una fábula o relato fantástico con aspiraciones y/o logros metafílmicos. August Rush tiene el mérito de poner en primer plano, uno de los tópicos fundamentales de nuestra época: la fantasía de ser encontrado.

 

 

No oímos porque tenemos oídos. Tenemos oídos y, desde el punto de vista corporal, podemos estar equipados de oídos porque oímos. Los mortales oyen el trueno del cielo, el susurro del bosque…, el ruido de la ciudad, sólo y únicamente en la medida en que, de un modo u otro, pertenecen o no pertenecen a todo esto. (…) Hemos oído cuando pertenecemos a lo que nos han dicho.

Martin Heidegger, Logos (Heráclito, fragmento 5º)

Llevamos con nosotros toda la música: yace en los más hondos estratos del recuerdo. Todo lo musical pertenece a la reminiscencia. En el tiempo que no poseíamos nombre alguno, ya lo debíamos haber oído todo.

Emile Cioran citado por Sloterdijk en ¿Dónde estamos cuando escuchamos música?

Dice Nietzsche, quizá por propia introspección, que en todo genio subsisten fuerzas ancestrales depositadas en su inconsciente. (…) No requiere ningún decreto de la voluntad, ni ningún acto de conciencia, para reconocer, intuitiva, instintivamente, lo que constituye su “humus” propio y específico.

Eugénio Trías. El canto de las sirenas. Argumentos musicales.

Creo en la música del mismo modo en que alguna gente cree en los cuentos de hadas. (…) Creo que hubo una vez, hace mucho tiempo, en que escucharon la música y la siguieron. August Rush.

El colesterol sentimental de August Rush proviene siempre de los adultos, lo que podría considerarse otro logro de enunciación de esta segunda película como directora de Kirsten Sheridan (actuó en Mi pie izquierdo, dirigió Disco Pigs, guionó In América), hija del veterano Jim Sheridan (Mi pie izquierdo, En el nombre del padre, entre muchas otras).

August RushEs verdad que el mundo reclama valores femeninos para el nuevo milenio. Los machismos y feminismos se copertenecen en las formaciones disciplinarias que intentamos abandonar, al menos desde 1968 (de moda mediática por estos días). Los excesos de la cultura viril (en ambas versiones) están llamados a reciclarse, encausando las energías bélicas del despilfarro hacia formas sensibles, creativas y económicas.

El pequeño Evan Taylor (Freddie Highmore) es todo oídos. Ha escapado del orfanato porque la escucha atenta lo ha puesto en camino del mundo bajo la forma de música. Cada sonido, aún el ruido callejero de la gran ciudad, sigue relaciones orgánicas que el niño es capaz de descubrir o establecer. La música es su don innato. Pero lo es en la medida en que lo es para todos o casi todos. La única diferencia radica en que las mayorías hemos quedado desmemoriados y sordos por entregarnos, como solemos hacer, a un mundo absurdo de objetos y acciones banales. Mediante la escucha activo-contemplativa, Evan Taylor (rebautizado artísticamente como August Rush), cumple con el designio platónico de alcanzar el ser y el conocimiento verdaderos a través de la reminiscencia. Aquí no se trata del alma inmortal que ha contemplado ideas formales perfectas. Lo que el saber intuitivo (pero plenamente conformado) de August Rush pone en consideración, fue su adquisición durante la estancia prehistórica, inefable e inconsciente, en el vientre materno. Antes de la adquisición del lenguaje, la voz materna apareció como música primera. El bebe se entregó a su propio nacimiento en pos de la promesa que aquella voz anticipó en tonos mayores e intrauterinos.

Al trasponer el umbral, el futuro August Rush fue separado de su madre. Demediado de su sostén, su gran Otro complementario, el niño fue capaz de invertir el sentido del canto. La esfera que cobijó su salida de la caverna profunda y oceánica, lo acompañó desde entonces como aura cromática, memoria corporal, pragmática y sonora, más allá de cualquier nivel de comprensión o discurso verbal. Su impenitente optimismo, su perseverar en el ser, es decir en su hacer música, confirma la supervivencia de la alegría eufórica del origen.

La música de August Rush estaba destinada a resonar con el poder arrobador del canto sirénico. Donde quiera que fuera, el llamado iba en pos de aquellos navegantes que le dieron la voz y la melodía, esa isla de inmunidad a la vez protectora y seductora. La naturaleza de su mensaje, era capaz de encantar a transeúntes desapercibidos y arrastrarlos hasta las costas donde resuena la comunidad oceánica primordial.

Quizás toda creación guarde este secreto. Acaso la finalidad de toda obra sea, en el fondo, un llamado, un pedido. Un reclamo hacia aquellos capaces de encontrarnos, des-cubrir-nos; llevarnos al claro donde la luz, como antigua fosforescencia, recrea cercanías y llena de vida las pequeñas burbujas de nuestra existencia.

Nota: Para profundizar en la arqueología psicoacústica de la música y otros aspectos sonoros de la cultura contemporánea, sugiero la lectura de Esferas I (en especial el Capítulo 7: De la primera alianza Sonosférica), Venir al mundo, venir al lenguaje y Extrañamiento del mundo (particularmente el apartado ¿Dónde estamos cuándo escuchamos música?) todos ellos de Peter Sloterdijk.

La bibliografía podría extenderse indefinidamente, pasando por numerosos textos de filósofos como Heidegger, Adorno, Deleuze, etc. Así mismo John Cage, Pierre Schaeffer, Jaques Attali, han escrito páginas ineludibles que arrojan luz sobre otros tantos aspectos afines. Como dije, la lista sería inteminable.

Aún así, me gustaría señalar dos libros de reciente publicación por Círculo de lectores. Uno de ellos es El canto de las sirenas de Eugenio Trías y el otro, Esto no es música de José Luís Pardo. Por dichos textos debo mi agradecimiento a Gualberto Baña y a Víctor Canalejo.

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Gabriel Galli

2 de respuestas para “August Rush: la música en el origen”

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    maria dijo:

    Sin entrar a profundizar, tomás tres personajes limpios, lindos y buenos. Una pizca de Dickens y mucha música de todas las tendencias, para todos los gustos y sale un bocadito por momentos delicioso. Muy buenos los aportes sobre los temas afines planteados en el film.

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    Maye dijo:

    la pelicula se desarrolla muy bien, pero cuando la termine de ver,senti que fue un desperdicio de tiempo ya que no me gusto su final inconcluso, ojala y saquen la continuacion.

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